5 feb. 2012

Sonrisa 28 de 366: Venezolanos sobreviven a la tragedia del Costa Concordia


Este año arrancó con una muy mala noticia que recorrió todo el mundo por su magnitud. El 13 de enero de 2012, el crucero italiano Costa Concordia encalló y rompió parte de su casco dejando entrar grandes cantidades de agua lo que le llevó a quedar gravemente ladeado en aguas someras frente a la isla italiana de Giglio en el Mar Mediterráneo dejando 17 muertos, al menos 22 desaparecidos y 4200 evacuados.

Por fortuna, entre los que pueden contarlo está una venezolana, su madre y su padre. Así es...en el Costa Concordía se encontraba la venezolana Karina Gómez Pernas que vive desde hace 3 años en Madrid,  y también la acompañaban sus padres que aunque son españoles, emigraron hace muchos años y ellos sí viven en Venezuela 
Gracias a una amiga en común, pude dar con Karina a quien entrevisté para conocer su experiencia y así poder compartirla con todos:
¿Cómo llegaron a seleccionar precísamente el Costa Concordia?
"Por referencias, habíamos escuchado que los cruceros de Costa eran muy buenos. Además, el precio del boleto era muy económico por ser temporada invernal. Así que no lo pensamos dos veces. Es más, si no hubiese ocurrido lo que pasó, la experiencia hubiese sido excelente porque el crucero realmente era genial. El servicio era una maravilla y las visitas a los sitios donde atracaba eran impresionantes" cuenta Karina.
 ¿Y cómo vivieron ustedes el accidente?
"Esa noche mis padres y yo fuimos a ver un show en uno de los teatros del barco, pero yo empecé a marearme, así que cuando terminó el espectáculo, subimos a una de las plantas más altas del barco para que yo comiera algo. Desde una de las ventanas del barco, vimos unas luces cercanas, pero pensamos que se trataban de algunos barcos y no le dimos mayor importancia. El hecho es que allí nos separamos, yo me fui al camarote y ellos se  a cenar a uno de los restaurantes.
Una vez en el camarote, mientras veía la televisión, sentí un estruendo y la vibración del barco como si golpeara con algo. De repente, noté la inclinación porque todas las cosas que estaban sobre las mesas del empezaron a caerse. Salté de la cama, me puse los zapatos, agarré mi bolso y salí pues ya se había ido la luz. Una vez en el pasillo, que aún estaba iluminado, me conseguí con el señor que nos limpiaba la habitación diariamente y le pregunté qué pasaba. Me dijo que me regresara al camarote, que sólo se trataba de una falla técnica, pero su cara de pánico no se la quitaba nadie, así que desconfié de él y me quedé en el pasillo.
En ese momento, no sabía si irme o quedarme allí a esperar por mis padres. El restaurante donde ellos estaban cenando quedaba al otro extremo del barco y cruzarlo sería una pérdida absoluta. Así que mientras la gente comenzaba a salir de los camarotes: alemanes en pijama, italianos gritando, niños llorando, todo un desastre; me puse a caminar sin alejarme mucho, pensando en que mis padres vendrían a buscarme en cualquier momento. 
 En medio de esa angustia, escuché que mi padre me gritaba desde el otro extremo del pasillo junto a mi madre. Ya tenían chalecos de salvavidas y traían uno para mí. Mi padre, que conoce de lanchas y botes, sabía, desde un principio que el barco había encallado por el ruido y la vibración que hizo, pero nunca pensamos que las dimensiones fueran tan grandes como para que el barco se hundiera. Así que subimos, por decisión propia, a la plataforma donde estaban los botes salvavidas. La gente estaba histérica, nadie daba instrucciones. La tripulación sólo decía que nos calmáramos y que volviéramos a los camarotes. Nosotros no hicimos caso y estábamos tranquilos en realidad, pero reaccionando. En cierta forma, intuíamos que estaríamos cerca de la costa, así que en última instancia, nadaríamos...aunque también pensábamos también en la hipotermia por la temperatura del agua.
En eso, escuchamos por  los megáfonos que el capitán decía que se trataba de un problema en el generador eléctrico y que todo estaba bajo control. Nos pedía que regresáramos a las cabinas. Sabíamos que mentía; un problema en el generador eléctrico no podría producir la inclinación del barco, el cual cedía cada vez más por el peso del agua que estaría entrando. Cada vez se hacía más difícil caminar.  Estuvimos allí en esa plataforma hasta que alguien de la tripulación dijo que regresáramos a los camarotes  a buscar ropa abrigada y que si algo pasaba nos llamarían por los parlantes. Dudábamos, pero, al rato la gente comenzó a desalojar la plataforma; así que decidimos ir hasta el camarote para al menos buscar nuestros documentos, pero cuando estábamos a punto de llegar, se activó la alarma de emergencia y sin pensarlo, nos dimos la vuelta corriendo agarrados de manos haciendo una fila para no perdernos entre la gente. Mi madre sufría corriendo porque estaba en tacones pero como el piso estaba lleno de objeto y vidrios, era mejor no quitárselos. 

Volvimos a las plataformas de los botes salvavidas que ya estaban repletas de gente. Corríamos de un bote a otro, pero todos estaban rebosando de gente. Veíamos cómo la gente en pánico se lanzaba de cabeza en los botes. Finalmente en el quinto bote pudimos meternos a presión. La barandilla de acceso estaba ya cerrada, pero la saltamos para poder entrar. Mi miedo era que el bote estaba ya a tope y había más gente detrás de mí queriendo entrar. Sentí el aire caliente adentro. Llegué a pensar en que eso se iba a convertir en una avalancha humana e iban a aplastarnos a todos, hasta quedarnos sin aire. 
 Le gritaba a mis padres que íbamos a morir de la forma más estúpida, asfixiados, y que nos fuéramos a otro bote, pero ya no había forma de salir de allí y meternos en otro. No sabíamos si habría otro bote y nos quedamos, pero no me quise sentar porque pensaba que me faltaría el aire. De repente, la gente dejó de entrar en el bote y quedamos sentados cerca de una señora francesa que no dejaba de temblar del miedo. Entre mi madre y yo le agarramos las manos y empezamos a tranquilizarla porque nos daba terror que se quisiera lanzar del bote, pues estaba a un borde del bote al igual que yo.
La odisea empezó al querer bajar el bote. Las poleas no hacían al bote ceder. La tripulación, camareros y personal de limpieza se encargaron de todo, pero no estaban bien capacitados para hacer ese trabajo. Creo que nosotros estrenamos el sistema de descenso de los botes salvavidas. El bote fue cayendo en trompicones a medida que cortaban unas cadenas de hierro con un hacha. Luego el bote se quedaba atorado con cada borde del barco que iban arrancando a hachazos, pues la inclinación no permitía que el bote descendiera como normalmente debería hacerlo. Ese tal vez fue el momento más angustiante: mi madre rezaba, la señora francesa no dejaba de temblar, mi padre me miraba mientras permanecía mudo, y yo me puse de cuclillas en el suelo del bote protegiendo mi cabeza con los brazos porque la persona que manejaba el hacha estaba justo sobre mí. Solo pensaba que eso no podía estar pasando, yo no podía estar viviendo eso. Era como si estuvieras dentro de un sueño o una película a la que tú no perteneces. Todos nos agarrábamos de algo pensando en la posibilidad de que el bote cayera de un solo golpe al agua, que se volteara o que se quedara colgando a medias. Era un terror absoluto estar allí adentro. 
Finalmente, lograron ir bajándolo hasta que dimos con el agua. Desde allí veíamos el barco encallado en plena noche mientras llegábamos a la isla de Giglio que estaba cerca, donde estuvimos a la intemperie con un frío horrible y sin abrigo hasta el amanecer".
 ¿y qué ocurrió al día siguiente?
"Embarcamos en un ferry con un destino desconocido. Nadie nos informaba nada. El personal de Costa desapareció de repente. Después de dos o tres horas de viaje (no recuerdo con precisión las horas porque apenas abordamos el ferry nos quedamos todos dormidos con el calorcito que había dentro), nos bajamos en un puerto. 
 Era el Puerto Santo Stefano, cerca de la Toscana, donde nos tomaron nuestros nombres y nos montamos en un bus que nos llevó a un polideportivo y de alló nos llevaron al aeropuerto de Fiumicino en Roma pero nadie esperaba por nosotros. Alguien que fue a averiguar regresó diciendo que a los "náufragos”, (como nos llamaban...ya me imaginaba hasta con Wilson debajo del brazo), estaban siendo alojados a un hotel cercano del aeropuerto y que camináramos hasta allí. Allá fuimos y nos dieron el alojamiento por una noche".
¿Y entonces cómo regresaron a sus casas?
"Pudimos regresar a Madrid gracias al Embajador y Cónsul de España en Roma, quienes se presentaron inmediatamente en el hotel donde nos alojaron y nos dieron los salvaconductos pertinentes para salir de Italia. Costa asumió los boletos del viaje.
Luego mi madre, quien está nacionalizada como venezolana,  tuvo que ir al Consulado de Venezuela en Madrid para conseguir un salvaconducto para regresar a Venezuela. y mi padre, por suerte tenía su pasaporte con él ese día"
Karina obviamente nunca olvidará ese día, pero de todo lo sucedido escoge el preciso momento en el que se encontró con sus padres en el pasillo. "La angustia hubiese sido mayor si hubiésemos estado separados" . Cuenta también que la experiencia les dejó ver que saben reaccionar ante una emergencia. "El estado de calma que teníamos nos permitió reaccionar rápida y razonablemente, deduciendo la lógica de la situación" y tampoco olvidará la sensación del frío intenso. "Ahora sufro mucho más cada vez que veo a un mendigo durmiendo en las calles de Madrid".
Cuando le pregunté si tenían fotos para poder compartirlas, me contestó lo que suponía: "perdimos todo el equipaje, incluyendo documentos, tarjetas de crédito (por ende el cupo Cadivi), cámaras, dinero, todo. Nos quedamos sólo con la ropa que teníamos encima ese día".
 Por supuesto que se trata de una terrible noticia que todos lamentamos por la magnitud, las pérdidas humanas y las angustias que vivieron todos los que allí estuvieron pero por fortuna la historia de Karina y sus padres terminó bien y a ellos le dedicamos esta sonrisa.

3 comentarios:

  1. Excelente reportaje, nada mejor que escucharlo (o leerlo) de una venezolana... Lamentable experiencia para karina, supongo no querrá saber de barcos en su vida...

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  2. Increíble. Gracias por esta historia, mi curiosidad esperaba este relato desde hace mucho.

    En mi caso hubiese corrido a buscar cualquier cosa con cámara para documentar la tragedia pero no es lo mismo decirlo que vivirlo.

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